Mi ruta salvaje llega hasta el centro del misterio, atraviesa el huracán y las tormentas para, finalmente, alcanzar el sosegado corazón de mi alma.
Nathan Hope

domingo, 4 de abril de 2010

Circo Farofinha


Llevábamos más de cinco horas de caminos bacheados. El sol nos abrasaba y al instante siguiente una nube negra descargaba su contenido con una ferocidad que no permitía ver más allá del morro de nuestro vehículo. Ese caprichoso cambio de ritmo de la naturaleza es propio de los climas tropicales y al visitante venido de latitudes con climas más benignos no deja de sorprenderle. Para mi aquellos aguaceros eran una fiesta y lo celebraba cantando y riendo. El chofer,un aguerrido lugareño, me miraba de reojo y sonreía ante mi inocencia. Veníamos de visitar a un enfermo de lepra al que habíamos llevado su medicación y volvíamos a Sao Félix do Araguaya con la sensación que produce el trabajo bien hecho. Transitábamos zonas pantanosas rodeadas de selva quemada por los lugareños para plantar sus propios alimentos. Aquello es una economía de susbsistencia. Se nos cruzaban aves exóticas y pudimos ver bastante cerca un animal muy esquivo con el ser humano; un oso hormiguero. Me pareció extraordinariamente grande. Nunca había imaginado aquellas dimensiones. En mi mente siempre fue más reducido,aunque también es cierto que con el paso del tiempo haya podido magnificar su tamaño.
Pero lo realmente sorprendente de aquel día y de aquel trayecto se produjo a mitad de camino. A lo lejos divisamos algo que nos dejó perplejos. En medio del frondoso paisaje intuimos lo que parecía la carpa de un circo con sus colores luminosos y su banderita en la cima. Aquella visión me recordó a los aspectos más surrealistas de Joseph Conrad en "El corazón de las tinieblas". Se nos amontonaron las preguntas: ¿Cómo es posible que los camiones de transporte hayan llegado hasta aquel lugar casi imposible de transitar?,¿qué equipo humano ha podido montar una carpa de dimensiones tan considerables como para ser vista desde tan lejos?,¿qué público puede acudir en tan desolado páramo a ver un espectáculo circense?
Sin duda era asombroso.
Nos acercamos hasta allí y aprcamos en la puerta de entrada al recinto. De dentro empezaron a salir chicos y chicas muy jóvenes. Todos ellos eran fuertes,fornidos y sus miradas,a pesar de su corta edad,eran de personas bravas,curtidas. La tela de la carpa tenía más agujeros que lona y pensamos que en los momentos de fuerte lluvia,el interor se podía convertir en un lodazal. Seguramente así fuera, pero esas personas estaban preparados para ello y mucho más. Tenían aspecto de supervivientes de un holocausto nuclear o algo similar.Yo los pensaba salidos de una versión tropical de "Mad Max". Tras la muchachada salió un hombre grande,moreno,de pelo enredado y mirada penetrante y orgullosa. Caminaba despacio,casi desfiante.Era, además del dueño de aquel "circo legendario"(según sus propias palabras), el patriarca de aquella familia. Todos eran hijos o nietos suyos. Sus padres ya hacían giras por Brasil y Argentina. Por lo deteriorado de aquella "consrucción" yo hubiera jurado que incluso sus abuelos trabajaron allí dentro. Tuvimos una conversación afable con aquel jefe. Sus familiares se hicieron a una lado. Parecían tenerle un respeto reverencial. Nos dijo que estaría encantado de tenernos como espectadores esa misma noche. Nos enseñó sus aposentos,nos presentó a una mujer que en esos momentos preparaba el rancho para la tropa. Por el centro de la pista correteaban unos macacos aprovechando todo el largo de las cadenas que les retenían por el cuello.
Declinamos la invitación argumentando que se nos esperaba para cenar en Sao Félix.
- No se preocupen,habrá más ocasiones - nos dijo.
Yo pensé que de una gira con aquel grupo de personas podría salir un gran documental aunque me conformé con solicitarle una fotografía. Accedió encantado.
La vida es tan sorprendente.

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