
Hace unos días, revolviendo en el pasado, buscando no sé muy bien qué (una raíz, un respiro o una pausa), apareció la caja metálica donde mi abuelo guardaba su maquinilla de afeitar, probablemente la única que tuvo en toda su vida. También la maquinilla, como la caja que la atesoraba, era metálica, pensada para durar eternamente, como antes se hacían las cosas, para siempre. Junto a la maquinilla, sus cuchillas perfectamente ordenadas y yo diría, todavía útiles. Antes un hombre tenía una pluma para siempre, un coche para siempre y una maquinilla para siempre. Hoy firmamos documentos con bolígrafos prestados para la ocasión, los coches tienen una vida útil de ocho años y nos afeitamos con cuchillas de un solo uso.
Una pieza más para la colección de objetos encontrados.



