
Escribo esto desde Brasilia, una de las ciudades más feas (aunque única en su especie) que ha ideado el ser humano. Duermo en un hotel de lujo; el Metropólitan Flat. Novena planta. Vistas a gran parte de la ciudad. Las torres donde se aloja el gobierno se divisan a lo lejos con una enorme bandera brasileira. Mañana subiré a una avioneta que durante unas 5 horas me trasladará al estado de Mattogrosso(la gran selva en portugués), selva preamazónica, concretamente al pueblo de Sao Félix do Araguaia. Mañana es mi cumpleaños. Cuarenta y siete. No se me ocurre una mejor forma de vivir el acontecimiento, al que por otro lado nunca he dado mayor importancia, que sobrevolando la selva. Difícilmente se volverá a repetir.
PAUSA.
Llaman a la puerta de mi habitación. Ahora vuelvo.
Increíble; era de parte del hotel. Por lo visto se han fijado en mi pasaporte y dándose cuenta que mañana cumplo años me han regalado una botella de champagne ,una agenda y una tableta de chocolate. Por orden prefiero; el chocolate, el champagne y la agenda (que es un poco fea). Evidentemente es una técnica comercial, pero qué queréis que os diga; me ha gustado. Además el chocolate está buenísimo. Mientras escribo lo voy probando.
Pero la cuestión es que quería hablar, con motivo de mi cumpleaños, del paso del tiempo. Ya sé que es un tema recurrente (el tiempo, la muerte….) pero no lo puedo evitar.
Hace unos años fui al IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno) sin idea de ver algo en concreto. No sabía qué se exponía en aquel momento. Me encontré con un conjunto de video-instalaciones de diversos artistas. Muchas piezas eran insignificantes en su sentido más estricto; carecían de significado (o al menos yo no lo supe ver). Pero una propuesta me llamó poderosamente la atención. Era de un artista japonés. Si querías entrar en su juego tenías que teclear en un ordenador tu fecha de nacimiento y una fecha imaginaria para tu propia muerte. Yo elegí vivir unos 98 años (por lo que pudiera pasar después de introducir los datos). Tras teclear estas fechas te sentabas en un taburete y el ordenador, a través de una webcam, te sacaba una fotografía y un contador con dígitos que ocupaban toda la pantalla atravesando tu propia imagen congelada, empezaban la cuenta atrás en décimas de segundo, segundos, minutos, y horas. Se había activado el contador del tiempo que me quedaba de vida. Cuando salías de la sala por una puerta pequeña te encontrabas con un muro en el que, en letras enormes, rezaba algo como: “Recuerda: el tiempo no cesa. Tu vida se acaba. Tienes dos opciones; abandonarte o hacerlo lo mejor posible”. No eran estas palabras exactamente pero la idea era esa. La imagen que veis la saqué del folleto de publicidad. Años después todavía lo conservo. Me pareció impactante. Simplemente quería compartirlo.
Boa noite desde Brasil.










